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Tras el último silencio {One-shot, completo}

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Tras el último silencio {One-shot, completo}

Mensaje por Kvothe el Vie Sep 14, 2012 7:31 pm

tras el último silencio
Bosque prohibido ◆ 31 de octubre de 2022
Saga: Harry Potter
Pareja: Albus Potter & Scorpius Malfoy (¡ATENCIÓN, SLASH! No digas que no te he avisado...)
Género: Amor, Drama, Misterio
Clasificación Apto para mayores de 13 años

"El joven caminaba absorto, lentamente, como si estuviera obligado a sostener un gran peso, invisible e inaplicable, sobre sus hombros, aunque tal vez fuera su conciencia quien tenía que cargar con el peso de sus actos erróneos."


Una noche fría, oscura, silenciosa. La noche de Halloween. Y él está en el Bosque Prohibido, destrosado por culpa de un beso, de un malentendido.


"Tras el último silencio sus corazones se abrieron para recibir al verdadero amor."

Son Slytherin, verde y gris.

Era una noche fría, oscura, silenciosa. No era una noche para andar sólo a través del tenebroso bosque de árboles altos y viejos, testimonios de trágicas historias y atroces asesinatos. Las copas de los árboles se unían a las gruesas y amenazantes nubes de tormenta a través de un sendero invisible, angosto e intransitable. No había luna. No, no es que las nubes no dejaran pasar la tenue y frágil luz, y si no hubieran estado allí, tampoco se podría apreciar el oscuro contorno propio de la luna nueva. Simplemente, la luna era demasiado pura y bella para presenciar una noche como aquella.

El silencio era el dueño del bosque. Se arremolinaba bajo las hojas negras. Se desplazaba junto al leve viento. Descansaba en los pequeños arbustos espesos y usaba de almohada las pequeñas piedras que alteraban el camino. Era extraño que el silencio reinara en aquel bosque, normalmente frecuentado por aullidos de dolor. No sé oía el ruido propio de las pezuñas al pisar el duro suelo. Y tampoco se oían los típicos crujidos de las hojas y las ramas y el vaivén del viento, imperceptibles cuando los otros sonidos acaparaban toda la atención. Aunque, al fin y al cabo, era la noche de los muertos. Y los muertos vivían rodeados de un silencio inacabado e incómodo para los mortales.

El joven caminaba absorto, lentamente, como si estuviera obligado a sostener un gran peso, invisible e inaplicable, sobre sus hombros, aunque tal vez fuera su conciencia quien tenía que cargar con el peso de sus actos erróneos. No se fijaba en el silencio, ni en el frío, ni en la escasez de luz. Si los lobos y otras criaturas el triple de mortíferas lo rodeasen, él ni se inmutaría. Si estuviera lloviendo, él no se daría cuenta. Si alguien, oculto bajo las sombras, lo observase, como era el caso, él no se percataría. Era extraño que esos ojos verdes, que tantas veces había mirado fijamente, ahora lo vigilasen desde las tinieblas, escondidos bajo un velo de oscuridad.

El chico se detuvo, como si hubiera chocado con una pared invisible. Giró la cabeza y escudriñó el camino que sus pasos seguían desde hacía minutos, o horas, o segundos, o días. Había perdido la noción del tiempo. Lejos, él sabía que estaba el castillo, iluminado. La gente del banquete disfrutaba de la fiesta y la comida caliente. Y él estaba en el bosque, solo, con sus deshonestos sentimientos corroyéndole por dentro. Se revolvió su pelo claro, rubio platinado, con una mano, y por primera vez desde que había salido corriendo del castillo, volvió a pensar como una persona. Por primera vez sus ojos grises como la tormenta no eran opacos, insensibles. Había tenido que recorrer quilómetros para volver a ser él mismo. Y, por fin, advirtió que el tétrico silencio no era normal.

Él supo que era especial desde el primer día que coincidieron en el tren, camino al colegio. Congeniaron rápidamente a pesar de las diferencias entre familias y de los prejuicios, solo eran dos niños que necesitaban un amigo. Después de más de cinco años, su amistad había cambiado. Había una tensión, un deseo, una confusión que nunca antes había experimentado. Sus ojos grisáceos buscaban sus luceros esmeraldas, enmarcados por unas largas pestañas oscuras. Sus dedos largos y pálidos buscaban acariciar su pelo azabache, fino y frágil como la hierba recién cortada, oscuro como las noches sin luna, como una noche como aquella.

Y luego la vio, a la persona más especial para él, su vida, su corazón, besándose con otra. No pudo soportarlo, su cuerpo no aguantó más reprimiendo sus emociones. Echó a correr, destrozado, alejado del mundo junto a su burbuja de dolor y sufrimiento. No se giró, no miró hacia atrás. Él sabía que sus sentimientos no eran correctos, pero estaba dispuesto a dejarlo todo por seguir el camino que le marcaba el corazón y no la razón. Y al fin comprendió que solo era un peón, una simple ficha, y que los sentimientos a los que tanto se había agarrado se deshilaban hasta que él se abocaba al vacío, a punto de caer, a punto de ceder, a punto de rendirse.

Un sollozo ahogado rompió el silencio sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Y luego otro, y otro, hasta que rompió en llanto, lamentándose. Al fin y al cabo, solo era un adolescente de dieciséis años sufriendo por amor. Lloró hasta que ya no salían lágrimas de sus resecos ojos. Se sentía como si de sus ojos hubieran huido lágrimas, risas y recuerdos agradables, dejándolo solo con sus demonios, sin pista ni ayuda alguna para librar esa temible batalla. Y otra vez se hizo silencio.

Todavía ocultos entre la maleza, rodeados de calígine, se encontraban esas dos perlas del color de las hojas en primavera, húmedos hasta el punto de desbordarse. No podían soportar ver a su amor, su único amor, llorando por un malentendido. Y el silencio se rompió otra vez, mientras las saladas lágrimas recorrían sus mejillas y a través de sus ojos aguados observaba el rubio, ahora desmoronado y sentado en el suelo, con la cara entre sus manos. Pero el silencio volvió a adueñarse del lugar cuando esos dos ojos verdes también se secaron, como el agua de un charco.

Ellos y el bosque restaron en silencio por largo tiempo, cada uno perdido en sus propios pensamientos. El chico temblaba; ya notaba el frío. Solo una camisa blanca y unos pantalones negros cubrían su esbelto cuerpo, demasiada poca tela para protegerse del frío nocturno. Si hubiera cogido la capa, antes de salir corriendo a refugiarse en el solitario bosque. Si se hubiera puesto el jersey, antes de huir de la cruel realidad. Si tan solo hubiera recogido la bufanda verde y plateada, no estaría tiritando de frío, sin fuerzas para volver. Tenía el cuerpo tan entumido que ni siquiera notó el contacto con la mano que se posó sobre su hombro derecho, como tampoco percibió la calidez humana. Pero, nuevamente, la rotura del silencio era demasiado obvia en esa noche sin luna que no pasó desapercibida por el rubio de ojos grises, tristes.

- Scor… - una débil voz, afectada, rompió el silencio esta vez. Él la conocía, por supuesto, aunque no tuviera el matiz alegre y despreocupado de siempre. Él ansiaba oír esa voz a cada momento. Él era feliz cuando escuchaba reír el propietario de esa voz. Él necesitaba esa voz para vivir. Scorpius, Scor para los amigos, necesitaba el pelinegro de ojos verdes desesperadamente, más que el oxígeno o el agua.

Scorpius se giró. Allí estaba quién más deseaba ver y, al mismo tiempo, quería olvidar para siempre. Allí estaba Albus, con su pelo oscuro desordenado bajo el gorro verde y plateado y sus ojos esmeraldas, tristes y húmedos, que observaban a Scorpius con arrepentimiento e implorando que dijera algo. El silencio volvió al serpenteante camino mientras los dos chicos se observaban; gris y verde, Malfoy y Potter. Y Malfoy no pudo evitar alzar la mano derecha y rozar con la yema de los dedos la fina piel de la mejilla de Potter, recorriendo las pecas que salpicaban los pómulos del pelinegro.

Y entonces Scorpius rompió el último silencio.

- Al… - si Albus no hubiera podido observar los finos y azulados labios de Scorpius no hubiera apreciado la rotura del silencio, de tan bajo que habló el rubio. Scorpius se abalanzó sobre Albus, buscando sus labios desesperadamente. No le importaba nada, solo Albus. Ya había olvidado que horas antes había visto a Albus besándose con Bianca Zabini. Había olvidado la mentalidad cerrada de su familia. Y hasta había olvidado su propio nombre. Solo le importaba el chico de ojos verdes y sus labios, los cuales se unían a la perfección con los suyos, como dos piezas de un puzle hasta ahora incompleto.

Y el silencio no volvió a envolver a los dos chicos.

Las nubes de tormenta, después de un aterrador trueno, descargaron toda el agua que albergaban. Las gotas de lluvia caían sobre la tierra y la humedecían, al mismo tiempo que creaban una sinfonía improvisada, armónica, que alejaba el silencio de aquel bosque, por primera vez en la noche. A pesar de la espesa vegetación del Bosque Prohibido, pronto los dos chicos quedaron empapados, aunque no les importaba. Seguían besándose; los labios de Scorpius ya no estaban azulados, sino rojos, palpitantes. Scorpius no sentía el frío, aunque eso no quiere decir no que se le calara en los huesos ni que sus escalofríos hubieran cesado.

Albus lo notó, y se separó suavemente, abriendo los ojos lentamente. Scorpius aún tenía los párpados bajados y la boca entreabierta. Albus acarició el pelo ceniza, lacio y mojado, de su amigo, y este abrió los ojos. El pelinegro se quitó la capa y envolvió a Scorpius cariñosamente y rozando su oreja con la mejilla.

- Albus… Yo… - Albus puso el dedo índice sobre los labios de Scorpius, otra vez azulados por el frío, silenciándolo.

- Calla. ¿Cómo se te ocurre salir así? Si sabes completamente que no me gusta Zabini - dijo Albus mientras sacaba la varita y conjuraba un hechizo hermético, una burbuja cálida que los envolvió, protegiéndolos de la fría lluvia -. Yo no la he besado, ella me ha besado a mí. Sabes que me acosa desde cuarto - dijo Albus medio avergonzado, medio molesto. Pero aún así abrazó más fuerte al rubio, al que había sido su primer amigo en Hogwarts, a parte de sus primos.

- ¡Pero es que ha sido demasiado para mí!

Esta vez Albus silenció a Scorpius besándolo. No fue un beso lento, suave e inexperto como el anterior, sino más corto y picante, sensual.

- ¿Esto no te basta Malfoy? - dijo en cuanto se separaron.

- No Potter. Quiero más.

Protegidos de la lluvia y el frío, aislados del resto del mundo en un tenebroso bosque de árboles altos y viejos, rodeados de una noche oscura. Así fue como esos dos amigos, inseparables desde que tenían once años, descubrieron sus verdaderos sentimientos. Una canción de agua fue el testimonio de su torpe declaración de amor adolescente. Y, tras el último silencio, sus corazones se abrieron para recibir al verdadero amor.
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Re: Tras el último silencio {One-shot, completo}

Mensaje por Mar el Jue Dic 06, 2012 11:27 pm

Este es uno de los fanfic más buenos que leí en mi vida bfieuwvfwfew me encanta (lo leí por Júlia,hace un tiempo),son tan tiernos!! Un amor.
Pobre Scor al principio,me dio mucha pena. Bueno,me voy antes de que mi lado fangirl surja por completo y llene todo con "fbuewfwfuiif",besos:)
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